Vuelves en un reencuentro, producto de la atrofia neuronal de ese que se empeña en llamar a Cristo como su salvador. Vuelves, y tu estampa sigue intacta, inmaculada, quizás producto de tu jornada a velocidades insospechadas.
Y sigues vacío, tal vez, quizás regreses con un nuevo brío, uno de igual magnitud al que te hizo desaparecer hace ya tantos años. De las terribles sospechas, de las verdaderas infamias, y no eres feliz. Se te olvido acaso que tienes un pacto conmigo, se te olvido aquel contrato firmado con sangre con el mismo diablo, se te olvido que vendiste todo lo bueno que tenias (lo poco que tenías) y que a cambio obtuviste, ahora lo sabes… nada.
Te recuerdo bueno, te recuerdo amable, te recuerdo feliz, te recuerdo lleno de esperanza pero sobre todo de ilusiones, tu mundo era duro, era triste, era gris y tú estabas ahí por encima de todo lo malo. Al final la tristeza te ha de haber consumido, perdona por no estar ahí.
Hoy, te veo ambicioso, te veo indiferente incluso a tu propia situación, a la de los tuyos. Te veo muerto, porque todo aquello que eras y que era bueno, te encargaste de destruirlo, de desaparecerlo como hiciste con tus ilusiones, de borrarlas de esta vida como hiciste con las mías. Aniquilaste todos y cada uno de nuestros pequeños sueños y olvidaste miserablemente que también eran los míos.
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