Friday, May 29, 2009

Stardust

Hubo una vez un momento en el universo en el que el tiempo se fragmento en centenares de millones de decenas de cientos de miles de millones de pedazos (pedazos infinitos), y entonces ese propio instante dejo de tener sentido, al menos uno antes de ese preciso evento, coherente.

Cada fragmento entonces fue poseedor de una identidad divina, que sólo se podía comparar con la misma estructura “singular” de eso que lo formaba (algunos lo llaman “La materia”) y las leyes que de esa propia existencia emanaba, aunque en diferentes puntos estas leyes nunca eran las mismas, si muy próximas pero no las mismas y en algunas partes totalmente contrarias y en otras contrarias a las contrarias sin ser las primeras, aquí no hay tercero excluido.

La serie infinita de eventos y leyes entonces se veía envuelta en una especie de círculo vicioso, como si en la propia descripción geométrica se encontrara el gran secreto de la vida misma, de esa vida que uno de esos tantos fragmentos de ese universo original tuvo a bien o a mal suceder, y qué pasaría si ese universo original fuese no mas sino una pequeñísima parte, un grano de arena de otra ahora maldita partición desgraciada de otro universo aún mayor, inconcebible, monstruoso.

La creación fuese obrada a cada instante, a una velocidad que supera nuestro ahora bufonesco supuesto de que no hay nada más veloz que la luz en su viaje a través del espacio, y entonces la creación tristemente no es obra de un poder divino sino de un hecho causal y casual que no tuvo principio y no tendrá fin.

Y que de los supuestos y de las concepciones, nada sino palabras, nada sino una proyección interpretada por carne muerta, simple y tan compleja como la nada.

Triste de los grandes misterios, quizás algún día se revele esa gran imagen, esa gran verdad; esa magnífica postal en cuyo supuesto el mañana después simplemente no valdrá la pena, no tendrá razón de ser, quizás algún día cuando el polvo sólo sea polvo, cuando Dios sólo sea Dios.

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