Jugabas un juego extraño lleno de patrones a simple vista sencillos, pero al detenerme para poder jugar contigo me di cuenta de que eras diestro y de mi absurdo deseo de querer participar. En un canto cosmopolita te recuerdo, esa imagen abstracta encerrada en la rifa de ciertos cuadros pintados en una tela extraña (absurdamente extraña) y esas… flores sin vida.
Y sí, son cuatro estaciones, perdidas en el transcurso de un ciclo absurdo comparado con la infinidad de lo desconocido, de lo limitado del conocimiento lentamente adquirido. ¿Letargo? Podría ser.
¿Y, entonces que son los eones? Tal vez una nota pueda explicármelo, tal vez porque en la infinidad secuencial de ese majestuoso ritmo sincrónico/asincrónico (perfecto complemento de la divinidad) puede que se encuentre la clave de tu naturaleza. Es entonces que encontraré como destruirte.
Pasaron entonces miles de millones de eternidades y ahora nos encontramos aquí. La terrible secuencia de eventos es nada en comparación con el infinito camino recorrido, sin embargo; todo se vuelve un instante encerrado en un diminuto espacio orgánico, inerte, vivo.
Y lo inexplorado del terreno hace que tropiece a cada paso, y en una serie de funciones bien definidas despliegan mensajes de error, y no paran, y no pararan nunca. No cesan las inquietantes ideas de ese paralelo absurdo, de ese simétrico perfecto. En el contrario encuentro el complemento ¿Mi supuesta perfección acaso no tendrá su complemento? Entonces el patrón no es tan sencillo como pensaba, y el equilibrio nada tiene que ver con lo que previamente estaba concebido, encasillado.
Todo se reduce entonces a una simple imagen, una terrible postal, esas luces tan brillantes definiendo en su forma la estructura de la providencia… ¿Cómo nunca pudimos descubrir sus secretos si ellos nos los dieron? Nunca quisimos verlos.
…Yo también quiero ser un viajero.